Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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“hacienda”, se prometían una buena gratificación si la merecían. La lancha voló sobre las aguas del Loira,
serenas y tranquilas, sobre las que se reflejaban los purpúreos rayos de un sol espléndido. Los ocho remeros
que llevaron a Fouquet como las alas llevan a los pájaros, eran tantos cuantos nunca se usaban en aquellas
embarcaciones, como no fuese para servir al mismo rey.
Fouquet dijo a su amigo Gourville, estrechándole la mano:
--Amigo mío, todo está jugado: recuerda tú el proverbio “Los primeros van delante”, y Colbert no trata
de adelantarme, Colbert es un hombre prudente.
Cuando llegó a Nantes, Fouquet subió a una carroza, que la ciudad le envió, no se sabe por qué, y se en-
caminó a la casa de Ayuntamiento, escoltado por una gran muchedumbre que desde hacía algunos días lle-
naba la ciudad en la expectativa de una convocatoria de estados. Apenas instalado el superintendente,
Gourville salió para hacer preparar los caballos en un camino de Poitiers y de Vannes y una barca en Paim-
boeuf; y tal fue el misterio, la actividad y la generosidad que aquél desplegó, que nunca Fouquet, atacado
entonces por la calentura, estuvo más cerca de su salvación, salvo la cooperación del azar.
Circuló aquella noche por la ciudad el rumor de que el rey venía apresuradamente en caballos de posta, y
que se le esperaba entre diez y once.
El pueblo, esperando al rey, se regocijaba viendo a los mosqueteros, recién llegados con su capitán D'Ar-
tagnan, y alojados en el palacio, en el que daban guardias de honor en todas las puertas. D'Artagnan, que era muy cortés, como a las diez de la mañana se presentó en la habitación del superin-
tendente para ofrecerle sus respetos, y aunque éste sufría de calentura, y estaba hecho un mar de sudor, se
empeñó en recibir a D'Artagnan, que quedó contento de tal distinción, como se verá por la conversación
que ambos tuvieron.
Fouquet se acostó como quien ama la vida y economiza todo lo posible el delgadísimo hilo de la existen-
cia.
D'Artagnan apareció en el umbral del dormitorio y fue saludado con afabilidad por el superintendente.
--Buenos días, monseñor, --respondió el mosquetero --¿qué tal os encontráis del viaje?
--Bastante bien, gracias.
--¿Y la calentura?
--Bastante mal. Como veis, estoy bebiendo. Apenas he sentado la planta en Nantes, le he impuesto una
contribución de tisana.
--Lo que primero debéis procurar es dormir, monseñor.
--De muy buena gana lo haría, señor de D'Artagnan.
--¿Qué os lo impide, monseñor?
--En primer lugar, vos.
--¿Yo? ¡Ah! monseñor...
--Sin duda. ¿Por ventura aquí, como en París, no venís en nombre del rey?
--¡Por Dios! monseñor, --replicó el capitán, --dejad en reposo a Su Majestad. El día que venga de parte
del rey para lo que vos queréis decir, os doy palabra de no haceros languidecer. Me ve
réis empuñar la espada, según la ordenanza, y me oiréis decir de golpe y con ceremonia: Monseñor, os
arresto en nombre del rey. Fouquet se estremeció, tan natural y robusto había sido el acento del agudo gas-
cón, tan parecida había sido la ficción a la realidad.
--¿Me prometéis tal franqueza? --dijo Fouquet.
--Palabra. Pero no hemos llegado a tal extremo.
--¿Qué os lo hace creer, señor de D'Artagnan? Yo creo lo contrario.
--El que no he oído hablar de nada.
--¡Je! je!
--¡Diantre! veo que a pesar de la fiebre estáis de buen humor, --replicó el mosquetero. --El rey no pue-
de ni debe impedir que uno os quiera de todo corazón.
--¿Y creéis que Colbert me quiere también tanto como decís? --repuso el ministro haciendo una mueca.
--¿Quién os habla de Colbert? --dijo D'Artagnan. --Colbert es un hombre excepcional. Quizá no os
quiera; pero la ardilla puede preservarse de la culebra por poco que se empeñe en ello.
--Veo que me estáis hablando como amigo, señor de D'Artagnan, en mi vida he encontrado hombre de
más ingenio y de más corazón que vos.
--Es favor que me hacéis; pero os ponéis ronco, monseñor. Bebed.
D'Artagnan tomó una taza de tisana y se la ofreció con la más cordial amistad a Fouquet, que la tomó y
dio las gracias con una sonrisa.
--Esas cosas no le suceden a nadie más que a mí, --exclamó D'Artagnan. --He pasado diez años ante
vuestras barbas, cuando apaleabais el dinero, distribuíais en pensiones cuatro millo nes anuales, sin que
repararais en mí, y advertís que estoy en el mundo, precisamente en el momento...
--En que voy a derrumbarme. Es verdad, mi querido señor de D'Artagnan. Pues bien, si caigo, tened por
verdad lo que voy a deciros, no pasará día sin que me diga a mí mismo y golpeándome la frente: ¡Oh mor-
tal insensato! ¡teníais a la mano al señor de D'Artagnan


 

 
 

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